miércoles, 8 de marzo de 2017

Asuntos pendientes

[21 de abril de 1992, 12:05 p.m. Hospital de Tarragona.

Una pareja acaba de tener una niña por cesárea. Me imagino que estarán felicísimos, tranquilos por un lado porque todo ha salido bien y nerviosos por otro lado por todo lo que está por venir.

Pasan unos días en los que están completamente encima del bebé, preocupados por si tiene hambre, por su higiene, por si le pasa algo, por si estará enfermo... Lo cuidan y tratan lo mejor que pueden. Lo protegerían con su vida de cualquier daño que pudiera sufrir.

Sin embargo, a los pocos días llevan ellos mismos a la niña a que le perforen las orejas. A que le agujereen dos partes del cuerpo contra su voluntad, sin tener ni idea de por qué, entre lloros por el dolor y el miedo de no saber qué pasa.

Por estética. Y, lo que es peor, por la de los padres, porque ya me diréis el sentido de la estética de un bebé. Era un trámite, una cosa que quitarse de encima. Eso que se ha ahorrado para el futuro, parecerá que venía de fábrica con los agujeros hechos para ponerse los pendientitos. De hecho ya mismo podemos empezar a ponerle pendientitos, de esos que probablemente le causen alergias. Pero qué mona la niña. Qué mona yo. (He de añadir aquí que, en mi caso, cumplieron una función práctica durante i tierna infancia: señalar que era una niña. Mis padres eran unos vagos y no querían andar peinándome, así que me llevaban con el pelo corto y era imposible saber qué era. Los pendientes ayudaban, sobre todo a cajeras de supermercado y señoras de peluquería, a saber si tenían que decir "qué mono" o "qué mona").]

Esta anécdota es mía como puede serlo de casi todas las niñas, y confieso que nunca antes me la había cuestionado. Sí, a veces había tenido lástima de la imagen de mí misma de pequeña llorando por las perforaciones, pero justo después pensaba: "menos mal, eso que me he ahorrado, porque como no me acuerdo es como si no hubiera pasado".

Todo este rollo viene a cuento de una traducción que he revisado hoy, en la que aparecía la siguiente frase: "pendientes para orejas perforadas". Lo primero que he pensado ha sido: "Qué raro que lo especifiquen, si todas tenemos las orejas perforadas". Lo que me ha llevado a plantearme el porqué. ¿A alguien se le ocurre llevar a su bebé a que le hagan un tatuaje? No. ¿Por qué pendientes sí?

Defiendo ante todo la independencia y las decisiones conscientes y, por tanto, que no habría que hacer nada a un niño que pudiera condicionar su vida consciente desde pequeño, porque la vida ya está lo bastante condicionada por la sociedad aunque no hagamos nada para fomentarlo. Entre estas acciones encontramos, y casi que la considero la más importante, la introducción a una religión. Estamos de acuerdo, la religión no tiene nada que ver con los pendientes, pero tanto el bautizo (o cualquier otro ritual iniciático) como la perforación de las orejas son dos costumbres sociales, cada una en su ámbito y escala, que tienen como protagonista a alguien que no tiene poder de decisión y que, si lo tuviera, o en el futuro cuando lo tenga, quizá diría que no.

A esto hay que sumarle el factor sexo, porque si eres niño te ahorras el sufrimiento de la perforación infantil (el del bautizo ya es otra historia). Si eres niña, es que vas a tener que arreglarte. Por cojones. Vas a tener que llevar vestidos, maquillaje y bisutería por cojones. El niño ya, si quiere de mayor, que se haga un piercing o lo que quiera. Lo gracioso de ser niña es que luego, de adolescente, viene la divertida frase de "que no se te ocurra venir con un piercing a casa". ¿Perdón? ¿Tú, que me agujereaste las orejas sin preguntarme siendo un bebé, me prohíbes que ahora, de forma consciente, me haga un agujero más? ¿Es que a nadie le parece raro esto?

Si os vais a los foros, esos pozos de sabiduría internáutica, veréis que la gente que defiende esta práctica utiliza palabras como "tradición", "quien no quiera que no lo haga", "ya se ve sexismo donde no lo hay". Por favor, que alguien aclare ya estas tres cosas: primero, la palabra "tradición" no es un escudo comodín que blinda cualquier acto; segundo, no me sirve que los padres quieran o no, me sirve que el sujeto agujereado quiera o no; y tercero, a ningún niño lo llevan a que le hagan agujeros, solo a niñas, por tanto es una cuestión de sexo. ¿Cómo se llama eso? Sexismo. Si alguien me puede tumbar alguno de estos argumentos, que hable ahora o calle para siempre.

Si vuestras hijas quieren llevar pendientes, ni lo sabrá ella ni lo sabréis vosotros al menos hasta que pueda hablar decentemente. Si entonces los quiere, que se los haga.


Feliz día de los derechos de la mujer, por cierto.

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