lunes, 6 de junio de 2016

Ser mujer y salir a la calle

09:00

Como cada día entre semana, me levanto, no sin esfuerzo, para hacer todo eso que hay que hacer antes de salir de casa: desayunar, vestirse, asearse, etc. Cuando estoy lista, salgo con prisas porque para variar llego tarde y me dirijo a coger el metro. Hay una casa por el camino que lleva unos días en obras y en ese momento dos de los empleados se encuentran en la puerta, uno saliendo de un camión. "Bonjour", me dice el del camión. No le contesto. Qué maleducada, pensaréis. Pero yo no le devuelvo el saludo a alguien que, a pesar de haber dicho solo una inocente y neutra palabra, ha dicho con la mirada todo lo demás, y nada agradable. Sigo mi camino. A los pocos minutos, llego a la parada de metro y entro en el ascensor para bajar los veinte metros que me separan del andén. En el ascensor estoy con cinco chicos de mi edad más o menos y con pinta de no ser las mejores personas de la ciudad. Hablan de mí, sabiendo claramente que les oigo y les entiendo. Uno de ellos me dice "salut", pero a este sí le contesto. Salimos del ascensor y empieza a hablarme y a preguntarme por mi vida. Y yo, viendo que no está siendo demasiado intimidante, hago como si nada y le respondo simpática. Llega el metro y me voy a un vagón diferente al de los chicos, aliviada. En unos pocos minutos, estoy subiendo las escaleras que me llevan a la oficina. Un sitio seguro en el que no me tengo que preocupar por nada durante ocho o nueve horas.


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18:00

Llega el momento de volver a casa. Me despido de mis compañeros, los que tienen trabajo atrasado y se tienen que quedar, salgo de la oficina y cruzo la calle para coger la bici. Me encanta volver en bici por la tarde a casa, ahora hace buen tiempo y el paseo es agradable, a lo largo del río. Es justo ahí, al lado del río, cuando pasa un coche y alguien de dentro me grita algo y me pitan. "¿Será que me conocen", pienso. Sigo pedaleando y justo antes de llegar a un semáforo que tengo que cruzar y en el que hay unos cuantos coches parados, el mismo tío del coche de antes, al que por supuesto no conozco, me chista como si fuera un perro. Yo me giro por inercia y veo a un imbécil mirándome con cara de imbécil, como no podía ser de otra forma. Le devuelvo la mirada con asco y cruzo. Llego a la estación de bicis, aparco la mía y recorro los 50 metros que me separan de mi casa. Os parecerán pocos, pero son suficientes como para cruzarme con un chico que, a pesar de estar ocupado hablando por el móvil, ni corto ni perezoso me escanea de arriba abajo, se separa unos segundos del auricular y me refunfuña algo que agradezco no entender. Sigo, pero recuerdo que tengo que ir al banco antes de subir a casa. Otros 100 metros que os volverán a parecer pocos, pero suficientes para que un coche se pare a mi lado y me llame. Yo, pensando que quiere preguntarme cómo llegar a algún sitio, me acerco a la ventanilla. "Te he visto antes en la otra calle y me pareces muy guapa, ¿vives por aquí?". No sé cómo lo hago, pero le contesto algo inmerecidamente amable y me voy a casa.


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21:00

He quedado con unos amigos para salir. Como siempre, calculo mal el tiempo y me encuentro sacando cosas del armario deprisa y corriendo para ver qué me pongo. Hay una falda y una camiseta que me encantan, pero si me las pongo juntas podría llamar la atención demasiado por la calle. Me pondré un vestido que me gusta mucho también, además no tengo tiempo para pensar más. ¿Sandalias planas o cuñas? Sandalias, las cuñas harían igualmente que llamara demasiado la atención. Una vez preparada, salgo de casa, otra vez corriendo al metro. Al entrar en el vagón, me doy cuenta de que en frente tengo a un hombre que me mira. Pero no me mira con disimulo, no. Me mira fijamente. Primero me ha dado un repaso y ahora me mira fijamente. Lo veo por el rabillo del ojo, no me atrevo a mirarlo al principio, pero pasa tanto tiempo que al final le miro a la cara para que sea consciente de que sé que me está mirando. En cuanto le pillo, aparta la mirada, pero solo un segundo, para volver otra vez. Y así paso los cinco minutos de trayecto de metro, con un degenerado enfermo que no aparta la mirada a pesar de pillarle varias veces. Por fin bajo del metro y llego al bar en el que he quedado. Voy a la barra con una amiga a pedir algo de beber, y un imbécil (sí, es como el quinto o sexto de la historia) nos dice algo un poco más allá en la barra. Pedimos las bebidas al camarero, que resulta ser otro imbécil que se hace el tonto con nosotras de una forma muy patética para retenernos más en la barra. Incluso nos deja la bebida más barata después de consultarlo con el patrón. Bueno, pagamos y nos vamos. Es un sitio de salsa, así que bailo. En esos sitios se baila con todo el mundo. Hay dos señores que podrían ser mi padre a los que ya conozco de otras veces. Me piden bailar y acepto, no hay razón para no hacerlo. Los dos son muy respetuosos en cuanto al contacto físico, por eso acepto, pero había olvidado que también se puede faltar al respeto con la mirada y estos lo hacen descaradamente y sin ninguna vergüenza. Afortunadamente, hay más gente simpática y educada que gente asquerosa. Tras una fiesta muy divertida a pesar de esos pequeños percances habituales, salimos para volver a casa. Vamos por la plaza principal cuando un chulito, de esos de cochazo con la ventana bajada, el brazo apoyado en la puerta y la música alta, aminora la marcha para adaptarse a nuestro paso y empieza a decir cosas que, otra vez y afortunadamente, no llego a entender.

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¿Cuántos elementos contáis en negrita? Yo cuento once. Y son todos verdad. Lo único que he alterado aquí es que los he metido todos en un día, cuando en realidad tuvieron lugar repartidos en una semana, esa es la única modificación. "Ah bueno, si todo eso pasa en una semana...". Eso significa que toco a casi dos gilipollas por día (perdón, a dos gilipollas que se atreven a mirarme descaradamente o a decirme algo, aquí no cuento a los que son un poco más discretos). A mí ya me parecen suficientes y demasiados. Si hubiera hablado de uno al que casi tuve que empujar en una discoteca o de los tres coches que me pitaron mientras esperaba diez minutos a una amiga en la calle...

No quiero ni pensar cómo es el día a día de una chica que sea muy guapa o que se arregle mucho. Yo que que voy medio con lo primero que pillo y ni me peino y ya me pasa esto... No hace falta ir "provocando", ese verbo que usa este tipo de gilipollas. Puedes ir en vaqueros, despeinada y montando en bici que también pasa. Demostrado queda. Qué maravillosa es la vida, ¿eh? Vas por la calle tan tranquilamente y tienes que ver y oír, sin haberlo preguntado, lo que opinan de ti dos gilipollas al día como mínimo. Igual algunos estáis pensando que este tema está manido, que ya está muy visto. Está muy visto porque sigue pasando, porque sigue estando a la orden del día, y a mí, en vez de pasarme cada vez menos, me pasa más.

Lo malo es que esas cosas no solo son anécdotas patéticas, sino que incomodan y a veces incluso asustan. Lo bueno es que cada vez me da más vergüenza ajena que otra cosa. Sé que la mayoría solo son imbéciles que disfrutan diciendo algo y desapareciendo después. Antes, quizá bajara la mirada y me mostraría claramente incómoda, ya no. Si me hablan, respondo como si nada y hasta soy educada y lo hago con una sonrisa. Si me miran raro o me gritan desde un coche, les miro y me aseguro de que, igual que yo me he enterado de lo que piensan ellos, ellos se enteren de lo que pienso yo. Porque me da la sensación de que disfrutan más si agachas la cabeza. Y yo no tengo por qué agachar la cabeza.

Os dejo un corto que es de ficción pero podría ser un vídeo real. Es una noche cualquiera de cualquier chica que vuelve a casa. Supongo que a los chicos no os pasa, pero es una MIERDA volver sola de noche temiendo a todas las personas con las que te cruzas, oyendo solo tus pasos, caminando rápido y queriendo llegar cuanto antes, con el móvil preparado en una mano por si acaso y con las llaves en la otra para entrar al portal lo más rápido posible. Estas son cosas que hacemos inconscientemente, y eso es lo peor. Estamos tan acostumbradas que nos sale solo.


La igualdad llegará el día en que no tenga que reservarme la voz para gritar en caso de necesidad. Con lo a gusto que iría yo cantando por la calle a las cuatro de la madrugada aprovechando que no hay nadie...

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