miércoles, 17 de febrero de 2016

A tomar por culo


Esa es la filosofía (¿temporal?) de vida que he adoptado.

Os introduzco al tema como a mí me gusta, con una anécdota (increíblemente tonta esta vez). El otro día me iba a hacer unos macarrones y me vi en el dilema de no saber cuántos echar en la olla. El paquete estaba a punto de acabarse y no sabía si echar lo justo que me comería, de manera que quedarían muy pocos en la bolsa, no los suficientes para otra ración, o echarlos todos y pasarme, lo que conllevaría un empacho de macarrones porque no querría ni guardar una ración ridícula ni tirarlos.

Como veis, no era lo que llamaríamos una cuestión de vida o muerte. Pues estuve como 5 minutos con la bolsa en la mano dándole vueltas, sin saber qué hacer y a la vez sin poder creer cómo era capaz de dudar tantísimo tiempo por semejante gilipollez. Al final pensé: "¡a tomar por culo!", y los eché todos.

"A tomar por culo" no es la solución a mis dilemas por regla general. Yo siempre he creído en la necesidad de tener unos fundamentos para todo, una razón que justifique cada cosa que haces. Nunca he entendido a esta gente que hace cosas sin sentido, sin reflexionar, por el simple hecho de hacerlas (soy de preguntarme ¿"por qué sí?" en vez de "¿por qué no?"). Para mí es importante tener unas ideas claras, unos principios, una personalidad formada con unas vías que te guíen en tus decisiones. 

Yo comparo la mente con una casa que vamos construyendo, y estas ideas/principios serían los pilares. Una casa sólida te garantiza que siempre vas a hacer lo correcto para ti y, sobre todo, que nunca te vas a arrepentir de lo que hagas, porque siempre habrá un motivo (uyuyuy, mi Descartes interior se asoma, me callo ya).


Cuando tienes esta casa bien construida, tienes una personalidad muy definida que no va a cambiar nunca en lo esencial, o que es muy difícil que cambie. Cada uno tiene unos rasgos que lo definen por encima de las demás: precavido, alocado, orgulloso, tranquilo, curioso... Y va a seguir siendo así toda su vida. Pero eso no quiere decir que, de vez en cuando, no podamos convertirnos en actores por así decirlo y jugar a que somos diferentes; mudarnos de casa unos días. Vivir alguna que otra película y ver qué pasa, a modo de experimento. A lo mejor descubrimos un lado que no teníamos y lo adoptamos, o confirmamos que no hay que volver a interpretar ese papel nunca más.

Yo me di cuenta de que, igual que había tomado una decisión a lo "¡bah!" con los macarrones, la podía tomar con muchas otras situaciones. "Y eso, ¿cómo se hace?", se preguntarán las personas cartesianas. Pues con la frase mágica que da título a este lamentable artículo. Como hay algunos que hacemos las cosas porque tenemos una buena razón para hacerlas, hay veces que, si nos queremos salir de esa línea y hacer alguna tontería, la única manera es reventando los pilares que construyen nuestra moral, apagando el cerebro y... el azar proveerá. Total, ¿qué diferencia habría con el gran dilema de los macarrones? ¿que las consecuencias serían a mayor escala? Pues mejor. Emoción a la vida. Al principio es algo forzado esto de no pensar tanto si no está en tu naturaleza, pero un día te sorprendes haciéndolo por inercia, como un reflejo. Actúas y punto.

Así que poned una bomba en la casa. Tirad las paredes. Creedme, no pasa nada. Bueno, sí: corréis el riesgo de no querer volver a la casa anterior.





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